Cleopatra VII Filópator Nea Thea

Último artículo de la serie Dinastía Ptolemaica en el que Emili Ayuso nos presenta un extenso y detallado trabajo sobre Cleopatra VII, última reina de Egipto.


Cleopatra VII Filópator Nea Thea

Su figura transciende de la historia de Egipto, ya que aparece en el escenario político de las luchas civiles de Roma que pusieron fin al Primer y Segundo Triunvirato, por su relación con Julio César y Marco Antonio. Por ello, la imagen que de ella nos ha llegado es muy contradictoria, basada en los ataques de escritores romanos partidarios del vencedor Octavio-Augusto, su rival y enemigo.


Cuerpo del Trabajo:

1 Los primeros años de su reinado (51-47 a.C.).

2 Sus relaciones y proyectos con Julio César (47-44 a.C.).

3 Su reinado tras los “idus de Marzo…” (44-41 a.C.).

4 Sus relaciones y proyectos con M. Antonio (41-30 a.C.).

5 Su dramático final: Octavio-Augusto y la Batalla de Accio.


En el seno de una familia intrigante, a la sombra de Roma

Cleopatra 1

Kleopatra Philopator Nea Thea (“la diosa que ama a su padre”), nació en el año 69 a C. Fue la última representante de la dinastía Lágida o Ptolemaica, que gobernó Egipto desde el año 305 a. C, fecha en la que Ptolomeo I Sóter, general de Alejandro III el Magno (rey de Macedonia, 336-323 a. C.), se proclamó faraón, tras la muerte de éste y de sus sucesores: Filipo III Arrideo (su hermanastro) y Alejandro IV Aigos (su hijo).

Cleopatra VII no era egipcia, ya que la dinastía procedía de Macedonia. Los Ptolomeos establecieron su capital en Alejandría, ciudad fundada por Alejandro Magno el 7 de Abril del 331 a. C. Los últimos reyes fueron débiles marionetas de Roma. Cuando ella llegó al trono, Egipto era la única monarquía helenística surgida a raíz de la muerte de Alejandro Magno que se mantenía independiente, antes habían desaparecido: la dinastía Antigónida de Macedonia en el 146 a. C, la Atálida de Pérgamo en el 133 a. C. y la Seléucida de Siria en el 63 a. C, ya que todas ellas fueron anexionadas a Roma.

Era hija de Ptolomeo XII Auletes (el flautista) y de Cleopatra VI Trifaena (hijos ilegítimos de Ptolomeo IX y de una concubina griega). Otros hijos de Ptolomeo XII Auletes fueron: Berenice IV, Arsínoe IV, Ptolomeo XIII y Ptolomeo XIV.

Tras su muerte y la de su hijo, Ptolomeo XV Cesarión, en el 30 a.C., la dinastía desapareció, y Egipto fue anexionado al Imperio Romano por Octavio-Augusto.

Los primeros años del reinado de Cleopatra VII

A la muerte de Ptolomeo XII en el año 51 a C., Cleopatra VII, de 18 años, subió al trono junto con su hermano Ptolomeo XIII Dionisos (51-47 a. C.) de unos 10 años de edad, con el que contrajo matrimonio, como estipulaba el testamento de su padre, depositado en el templo de las Vírgenes Vestales en Roma, y del que Pompeyo Magno (por entonces, principal gobernante de Roma) fue nombrado ejecutor y protector.

Pese a su extremada juventud, Cleopatra contaba ya con un carácter extremadamente resuelto e independiente, como demostró en dos actuaciones muy reveladoras:

-Gobernó en solitario, ya que prescinde de su hermano-esposo y de sus camarillas; por ello, en los documentos de los primeros años de reinado sólo aparece su nombre y en las monedas, su rostro, sin la compañía de su infantil esposo.

-Asumió la tradición y el carácter faraónico del antiguo Egipto, como nunca antes lo había hecho ninguno de los Ptolomeos. Además de ser el único representante de su dinastía que hablaba el egipcio, ahora se propone participar, como lo hicieron los antiguos faraones, en las ceremonias religiosas. En marzo del año 51 a. C. murió el buey sagrado Bukhis, venerado como encarnación del dios Amón-Ra, en el templo de Hermonthis, cerca de Tebas, en el Alto Egipto, y había que nombrar un nuevo buey sagrado en una ceremonia religiosa en la que el faraón lo conducía hasta su templo, ceremonia en la que no había participado ningún Ptolomeo y en la que Cleopatra VII decide mostrarse al modo de los antiguos faraones. Una estela recuerda este hecho:

La Reina, la Señora de las Dos Tierras, la diosa que ama a su padre, escoltó al buey en la barcaza de Amón-Ra a Hermonthis.

Pese a todo, los tres primeros años de su reinado fueron extremadamente difíciles, ya que las inundaciones del Nilo alcanzaron los niveles del codo de la muerte y por otra parte, en el año 48 a C., se vio envuelta en un conflicto con el procónsul romano de Siria, Marco Calpurnio Bíbulo, que había enviado a sus dos hijos a Egipto con la misión de recuperar las legiones de Gabinio, que permanecían allí desde que éste repuso a Ptolomeo XII en el trono (antes expulsado por su hija Berenice IV), ya que las necesitaba para dirigir una campaña contra los invasores partos. Los gabinianos se amotinaron, negándose a abandonar Egipto y en la refriega murieron los hijos de Bíbulo. Cleopatra actuó con suma diplomacia, al expresar sus condolencias y entregar los cabecillas de la revuelta a Bíbulo. Más tarde, recibió a Cneo, hijo de Pompeyo Magno, con el que se rumoreó que mantuvo una relación amorosa, y al que entregó las tropas y víveres que Pompeyo necesitaba en su enfrentamiento contra Julio César.

Estas circunstancias, el hambre tras las malas cosechas y la actitud conciliadora ante Roma, fueron utilizadas en contra de Cleopatra por los consejeros de Ptolomeo XIII, el eunuco macedonio Potinos, su preceptor griego Teódoto y el general Aquilas, que fomentaron el descontento de los alejandrinos, de forma que Cleopatra se vio obligada a huir a Ascalón (Judea). Tras esto, la reina demostró de nuevo su temple y perseverancia, cuando ella sóla, sin ninguna ayuda exterior, reclutó un ejército de mercenarios árabes y judíos. Al mismo tiempo, las camarillas de Ptolomeo XIII tomaron dos medidas:

-Establecieron un ejército contra Cleopatra en Pelusio, junto al delta oriental.

-Con el fin de cortar el aprovisionamiento de Cleopatra y su ejército, ordenaron que todos los alimentos y víveres procedentes de Egipto se enviaran a Alejandría.

La situación entre ambos bandos permaneció estacionaria, hasta la llegada de Cayo Julio César a Alejandría en el año 48 a. C. (que había vencido a Pompeyo).

Julio César en Egipto

Julio Cesar

Al mismo tiempo, en la República de Roma se desarrollaba la guerra civil entre César y Pompeyo. Pompeyo, derrotado en Farsalia (Grecia) por Julio César, en agosto del año 48 a. C, se dirigió a Egipto, en busca de un refugio seguro, como protector que había sido de Ptolomeo XII y ejecutor de su testamento; sin embargo, Teódoto, el preceptor de Ptolomeo XIII, convence a éste y a sus consejeros, el eunuco Potinos y el general Aquilas, de la necesidad de eliminarle y así obtener el favor de César frente a Cleopatra VII, además de que, según sus palabras, “hombre muerto no muerde”. El plan se lleva a cabo el 28 de septiembre del año 48 a. C., que curiosamente era el día en que Pompeyo cumplía 59 años: Lucio Septimio, antiguo tribuno de Pompeyo, acompañado por Aquilas, le apuñaló en la espalda, en la playa de Pelusio. El hijo y la esposa de Pompeyo presenciaron el asesinato desde el barco y huyeron. Luego, los asesinos decapitaron el cuerpo y guardaron la cabeza en una vasija con natrón, ya que se proponían ofrecerla como presente a César. Filipos, liberto de Pompeyo, y un veterano de éste lograron incinerar el cadáver (según la tradición romana), utilizando la escasa madera que encontraron en la playa.

El 2 de octubre llegó César a Alejandría, con dos legiones, la décima y la duodécima, y 800 jinetes, con la autoridad de cónsul de Roma, acompañado de sus 12 lictores que portaban las fasces con hachas, en señal de “imperium” (territorio romano), lo que provocó el descontento de los alejandrinos. Venía tras los pasos de Pompeyo, y con el fin de cobrar la deuda que Ptolomeo XII había contraído con él (los 6.000 talentos con los que César le reconocía como único y legítimo rey, contra su hija Berenice IV).

De acuerdo con el plan previsto, Teódoto le presentó la cabeza y el anillo de Pompeyo, pero la reacción de César no fue la esperada, ya que, según Plutarco, lamentó y vengó la muerte de Pompeyo. No hay que olvidar que César siempre se comportó con excesiva magnanimidad con sus enemigos, a los que repetidamente perdonó y que si bien Pompeyo era su rival, en otro tiempo fue amigo, aliado y marido de su hija Julia.

César, tras ocupar el palacio real, comienza a actuar como árbitro entre Ptolomeo XIII y Cleopatra VII, a los que cita a su presencia con el fin de cumplir el testamento de su padre Ptolomeo XII. En este punto, Cleopatra ofrece a César una sorpresa más agradable que la cabeza de Pompeyo que tanto le entristeció y encolerizó, como fue su propia persona envuelta en una alfombra oriental, que el siciliano Apolodoro depositó a sus pies. Plutarco señala que ésta fue la primera añagaza con que le cautivó, pero en realidad fue el medio con el que burló a las camarillas de su hermano Ptolomeo XIII, más que dispuestas a impedir la entrada de Cleopatra en palacio.

Según Plutarco, César y Cleopatra pasaron juntos la primera noche que se conocieron, como comprobará a la mañana siguiente Ptolomeo XIII cuando, al presentarse ante Julio César, lo encontró junto a Cleopatra. Ptolomeo XIII huyó del palacio entre lloros y gritos en un intento de atraer a los alejandrinos a su causa. Sin embargo, César, al menos aparentemente, se mostró imparcial, ya que se limitó a devolver al pequeño Ptolomeo XIII a palacio y cumplir el testamento de Ptolomeo XII Auletes, restableciendo el gobierno conjunto de Cleopatra y su hermano-esposo; incluso devolvió Chipre a Egipto que quedaría bajo el gobierno de los hermanos-esposos de Cleopatra, Arsínoe IV y Ptolomeo XIV.

Pronto la situación cambia. Plutarco nos informa, que el barbero de César se enteró de una conspiración tramada por Potinos para asesinar a éste.

Acerca de la guerra que allí tuvo que sostener, algunos la gradúan no solamente de innecesaria, sino, además de ignominiosa y arriesgada, por sólo los amores de Cleopatra VII; otros culpan a las camarillas de Ptolomeo XIII, y principalmente al eunuco Potinos, que, gozando del mayor poder, había dado muerte poco antes a Pompeyo Magno, había hecho alejar a Cleopatra VII del trono y con mucha reserva estaba armando asechanzas contra Julio César.

César actuó según su estilo, con rapidez y por sorpresa, y ordenó matar a Potinos en un banquete, al tiempo que Aquilas se reunía con el ejército de Ptolomeo XIII, con lo que se inician las “Guerras Alejandrinas”, César, calculando su situación fue capaz de atacar a los egipcios prendiendo fuego a su flota. En aquella confusión, la zona portuaria fue pasto de las llamas, así como gran parte de la famosa Biblioteca de Alejandría (repuesta después por M. Antonio, que regaló a Cleopatra los volúmenes de la Biblioteca de Pérgamo; llegando a albergar casi 1.000.000 de ejemplares), durante 5 meses César estuvo acorralado por el ejército de Aquilas (unos 20.000 hombres), pero pudo salvar su situación, gracias a la ayuda de Mitrídates de Pérgamo, todo acaba con la victoria de Julio César, la muerte de Ptolomeo XIII (ahogado en el Nilo) y el reconocimiento de Cleopatra VII como reina absoluta de Egipto (incluido Chipre, con Arsínoe IV como gobernante), aunque César la obligó a casarse con su hermano menor, Ptolomeo XIV.

César siempre meditaba cuidadosamente sus actos, por lo que debió tener poderosos motivos para permanecer en Alejandría en defensa de la causa de Cleopatra VII. No se sabe con certeza si le retuvo la fascinación y el encanto de la reina, intereses políticos o ambos factores; lo único cierto es que, con su ayuda, Cleopatra recuperó el trono, y que en todo momento “controló” a la reina, que aceptó decisiones que no le debieron entusiasmar, como la cesión de Chipre a Ptolomeo XIV y Arsínoe IV (después sólo a Arsínoe), el perdón de ésta (se había unido a la causa de Ptolomeo XIII contra ella) y su posterior matrimonio con Ptolomeo XIV. Es fácil suponer que Cleopatra VII amó a un hombre tan carismático y poderoso como Julio César, y que él la amó a ella.

César y Cleopatra viajaron durante dos meses por Egipto, a través del río Nilo. Se detienen en Tentyra (actual Dendera, Alto Egipto) donde Cleopatra VII recibe el culto divino de un faraón (Isis-Afrodita). La estancia de César en Egipto no podía prolongarse durante más tiempo, sin que peligraran sus intereses en Roma. Dejó tres legiones en Alejandría como protección a Cleopatra y marchó hacia Asia Menor para enfrentarse en la batalla de Zela contra Farnaces II, hijo ilegítimo de Mitrídates VI del Ponto que había desafiado a Roma. La campaña fue tan rápida y efectiva como para que César dijera a propósito de ella la célebre frase: Veni, vidi, vinci… Llegue, ví, vencí. En junio del 47 a. C. volvió a Roma, unas semanas antes de que Cleopatra diera a luz al único hijo de ambos, Ptolomeo Cesarión, que al parecer nació el 23 de julio (el mes de su padre).

Cleopatra VII en Roma

Cleopatra en Roma

El 16 de abril del 46 a. de C., César derrotó a las fuerzas pompeyanas en Tapso (África). Luego regresó a Roma, donde recibió la dictadura por 10 años más y honores extraordinarios, casi divinos. Es en este momento cuando invitó a Cleopatra a visitarlo en Roma. Cleopatra llegó en el otoño de 46 a. C., acompañada por Ptolomeo Cesarión y su hermano-esposo, Ptolomeo XIV (era la primera vez que un rey reinante y esposa Lágida visitaban Roma). César la acogió en una de sus villas, situada más allá del Tiber, donde permaneció más de dos años, mientras negociaba un tratado de alianza con Roma. Entre el 20 de septiembre y el 1 de octubre del año 46, César celebró cuatro triunfos: sobre los galos de Vercingetorix, Ptolomeo XIII de Egipto, Farneces II del Ponto y Juba I de Numidia. Entre los prisioneros desfilaron Vercingetorix, el futuro Juba II y la hermana de Cleopatra, Arsínoe IV, a quien César perdonó la vida y que más tarde moriría por orden de Marco Antonio, a petición de Cleopatra. Quizás Cleopatra no se encontrara en Roma durante los festejos triunfales, ya que no existen documentos que prueben su estancia o que se comportara con tal discreción que su presencia no tuvo eco en los “mentideros” de la época. Más tarde, el 17 de marzo del 45, César derrotó a las últimas fuerzas pompeyanas en Munda, aunque quedó con vida Sexto Pompeyo, quien luego sería enemigo de los sucesores de César, Cayo Octavio y Marco Antonio.

Después de Munda, en octubre del año 45 a. C., César regresó a Roma, donde recibió honores propios de reyes y dioses, el título de dictador perpetuo, el derecho a usar el traje triunfal (la púrpura, la corona de laurel y los altos borceguíes de los reyes de Alba Longa), los títulos de Liberator e Imperator, la dedicación de una estatua en el templo Quirino, como Deo Invicto, y de otra estatua en el Capitolio, entre la de los reyes etruscos. Es entonces cuando se inicia el rumor de que aspira a ser de rey de Roma. Bruto y Casio dirigen una conspiración para asesinarle. En los “idus de marzo”, el 15 de marzo del año 44 a.C., los conspiradores (“republicanos”) rodearon a César en la entrada de la Curia Pompeya y le abatieron con 23 puñaladas.

¿Qué papel desempeñó Cleopatra VII en estos hechos? Se rumoreaba que César pretendía ser rey de Roma, con Cleopatra como reina. Ignoramos si el rumor tenía fundamento. Lo cierto es que de facto era y se comportaba como rey de Roma, aunque no poseyera tal título, y que había llevado a cabo una serie de benéficas reformas sociales e inutilizado al Senado que pasó a ser casi un simple consejo consultivo. Es posible que pensara organizar el Imperio según la idea de Alejandro Magno, como una federación de estados, Roma, Egipto y Partia (que se proponía conquistar). Si estos propósitos se hubieran realizado, posiblemente, Ptolomeo Cesarión habría sido el heredero de la nueva monarquía hereditaria. En Egipto, César, era reconocido como Amón-Ra; la dinastía de los Ptolomeos era la única que seguía representando la idea de la monarquía absoluta de derecho divino, por lo que un matrimonio con Cleopatra VII le convertiría en legítimo heredero de los faraones. Cleopatra residía en Roma, rodeada de una corte fastuosa y él se vestía como los reyes helenísticos, y disponía de una estatua delante del templo de Venus Genitrix, en la que figuraba montando un caballo del que se decía que su dueño dominaría el mundo, y, como los faraones, de un templo a Júpiter-Julio junto con un clero especial para celebrar el culto de “César, dios vivo”. Cleopatra aparecía como la Nueva Isis-Afrodita y como Venus Genitrix, la diosa madre, en una estatua de oro en el templo del mismo nombre (algo insólito). La sombra de Cleopatra se percibe en la reforma que César hizo del calendario romano, con la ayuda del astrónomo y filósofo Sosígenes de Alejandría (amigo y preceptor de Cleopatra VII) y en su proyecto de fundación de bibliotecas y museos en Roma.

Aunque, según Suetonio, César reconoció a Ptolomeo Cesarión como hijo suyo, las leyes romanas contra la bigamia y los matrimonios con extranjeros, impedían tanto un matrimonio con Cleopatra VII, como la legitimidad de su hijo; pero por supuesto este estado de cosas hubiera podido cambiar. El mismo Suetonio indica:

Hervio Cinna, tribuno de la plebe, manifestó a muchas personas que tuvo redactada y dispuesta una ley, que César le mandó proponer en su ausencia, por la que se le permitía casarse con cuantas mujeres quisiera (incluidas las extranjeras) para tener hijos, que serían reconocidos como romanos.

Por entonces y, sin duda por indicación de César, se había interrogado a los libros sibilinos (libros del destino) sobre la guerra que éste se proponía llevar a cabo contra Partia, la única nación que había derrotado a las legiones romanas, y la respuesta fue que sólo un rey podría vencer a los partos. Más tarde se produce la escena, en la que Marco Antonio ofreció públicamente a César en las fiestas Lupercales (15 de febrero), una diadema, símbolo de la corona de rey, y que César rechazó, según se cree, porque el hecho no alcanzó la aclamación popular que esperaba. Una de las cuestiones que debía tratar el senado en el fatídico 15 de marzo era la propuesta de Aurelio Cotta (hermano de su madre, Aurelia) para que se concediese a César el título de rey, antes de emprender la campaña contra los partos, puesto que estaba escrito en los libros sibilinos que únicamente un rey podía vencer a los partos y su imperio.

Se rumoreaba también que Cleopatra había alentado la idea de una monarquía al estilo helenístico-oriental… A pesar de su extremada discreción en Roma, quizá los romanos ya la odiaban y este sentimiento se refleja en las cartas de Cicerón a Ático.

A la muerte de César, Cleopatra esperó hasta la lectura del testamento. César adoptaba como hijo a su sobrino-nieto Cayo Octavio y lo nombraba su heredero, en caso de que no le naciera un hijo; dejaba legados considerables a sus asesinos y cedía al pueblo sus jardines del Transtévere y 300 sestercios para cada uno de los 150.000 ciudadanos que eran mantenidos por el estado; sin embargo, no mencionaba a Ptolomeo Cesarión; el testamento estaba escrito antes del nacimiento de su único hijo, y está demostrado que quería cambiar la ley para que fuera reconocido por Roma ¿lo habría nombrado heredero tras cambiar la ley, en un hipotético nuevo testamento? Nunca lo sabremos, pero lo cierto, es que era mucho más legítimo como heredero Ptolomeo Cesarión que Octavio-Augusto y es por esto, que éste último lo mató cuando tuvo la oportunidad (tras la muerte de Cleopatra VII), y así tener el camino libre en la “sucesión” de César y el gobierno del Imperio. El testamento debió ser un duro golpe para Cleopatra que aproximadamente un mes después del asesinato, regresó a Egipto con su hermano y esposo Ptolomeo XIV, y su hijo. El 15 de abril Cicerón escribió a Ático: “La huída de la reina no me desagrada”. Tras su retirada, Cleopatra VII desaparece de la escena política de Roma hasta su encuentro con Marco Antonio, en Tarso.

El regreso de Cleopatra VII a Alejandría

Cleopatra alejandría

Cleopatra se encontró con graves problemas cuando regresó a Alejandría: un usurpador a las órdenes de su hermana Arsínoe IV se había hecho pasar por Ptolomeo XIII; durante los años 42 y 41 a. C., las crecidas del Nilo habían alcanzado el codo de la muerte. Los canales habían sido descuidados durante su ausencia, con lo que no se hizo un uso racional de las inundaciones y no se obtuvieron buenas cosechas, lo que provocó hambrunas y epidemias de peste, y para colmo de males, la situación internacional en Roma era inestable, Marco Antonio y Cayo Octavio se enfrentaban por la sucesión de Julio César. ¿Qué planes tendría el vencedor para Egipto? ¿Quizás, de nuevo, un intento de anexión a Roma?

Poco después de su regreso a Alejandría, su hermano-esposo, Ptolomeo XIV murió, según el historiador judío Josefo, envenenado por Cleopatra VII. Tras la muerte del joven rey, Ptolomeo Cesarión pasa a ser corregente, a la edad de cuatro años. Para remediar la paupérrima situación del pueblo, Cleopatra distribuyó los graneros reales. La comunidad judía fue excluida, ya que según la ley, los judíos eran extranjeros. Su decisión le granjeó su enemistad. Reprimió los abusos de los administradores locales, que imponían cargas extraordinarias a los campesinos, para quedarse después con ellas.

Bajo su mandato, poco a poco, Egipto prosperó, como lo demuestran las monedas, en las que aparece Cleopatra VII con el cuerno de la abundancia. La reina construyó una nueva armada y reabasteció los graneros reales. Con asombrosa lucidez, comprendió que para devolver a su patria la posibilidad de jugar un importante papel en la escena internacional era preciso romper la autoarquía en que agonizaba. Y no vaciló, suprimió el monopolio de la banca real y los del aceite y la sal, devolvió la libertad a todo el comercio, incluso al de la plata, y en los dominios del estado quedaron abolidos los arriendos a perpetuidad, sacándose las tierras a subasta pública. Tan radicales reformas, que reintegraban a Egipto en la economía internacional, no podían triunfar sino con la restauración de un dracma fuerte (la moneda de oriente), y para ello era necesario proporcionar a la monarquía recursos que permitieran reconstituirla, lo que logró con suma providencia: aboliendo la inmunidad de los templos, poniendo otra vez las propiedades sacerdotales bajo la administración del estado y restableciendo los presupuestos del culto.
Le faltaba una potencia política-militar, que esperaba encontrar…

Tras los idus de marzo

muerte cesar

Mientras tanto, en Roma, tras la muerte de César, recibida por el pueblo con hosca desaprobación, se extendió el pánico. La prudencia de Antonio, por entonces cónsul, devolvió la calma, aunque calculaba el modo de recibir el legado político de César. En los funerales pronunció el elogio fúnebre y tras la lectura del testamento que conmocionó al pueblo por su generosidad, juró a los dioses que estaba dispuesto a vengarlo y cerró la escena dramática presentando al pueblo la toga ensangrentada del dictador y su cuerpo inanimado, herido por 23 puñaladas. Ante aquel espectáculo, el pueblo rugió de ira y deseo de venganza. Con el fin de incinerar el cadáver, la multitud improvisó una hoguera a la que arrojaron sillas, bancos, armas y todos los objetos preciosos que llevaban. Una vez consumida la hoguera, corrieron hacia las casas de los conjurados para quemarlas también, pero Antonio lo impidió.

Poco a poco, tras una serie de medidas, Antonio consolidaba su poder. El pueblo aprobaba sin vacilar sus leyes y el Senado, temeroso de su popularidad, no protestaba.

La situación cambia cuando aparece Cayo Octavio, sobrino-nieto, hijo adoptivo y heredero de César, de 19 años, más tarde conocido como Augusto. Pretendía recoger la herencia política de César, y aunque parecía débil y enfermizo, ocultaba una gran sagacidad política. Antonio, que no lo valoró en su justa medida, se refirió a él como “el muchacho que le debió todo a un nombre”. Cicerón creyó engañarlo y lo apoyó, con el fin de restaurar la República. Entre el 2 de septiembre del 44 y el 21 de abril del 43 a de C., atacó duramente en el Senado a Antonio, con sus famosas 14 Filípicas (a imitación de los discursos de Demóstenes de Atenas contra Filipo II de Macedonia). El propósito de Cicerón era utilizar a Octavio, para declarar la guerra a Antonio que combatía en la Galia Cisalpina contra Décimo Bruto, uno de los asesinos de César… Y lo consiguió. El 21 de abril del 43 una unión de Octavio, Hircio, Pansa, y Décimo Bruto derrotó a Antonio en Mutina (Módena). Pronto Octavio, que para conseguir sus propósitos no había dudado en aliarse con los republicanos asesinos, se convenció de que una vez vencido Antonio, ya nada podía esperar del Senado que no ocultaba sus simpatías por los asesinos de César, ni de Cicerón que había comentado: “Al muchacho se le debe alabar, se le debe honrar y después deshacerse de él”. Octavio marchó sobre Roma con ocho legiones y de esta forma consiguió ser cónsul con apenas 20 años. Cicerón, burlado por Octavio, marchó de Roma (después fue asesinado). A partir de ahora, Octavio se presentará como vengador de César y como antagonista de Antonio; y después como enemigo de Cleopatra VII.

En Oriente se organizó una oposición al nuevo régimen pro-cesáreo en torno a los republicanos, los asesinos de César. Bruto controlaba Macedonia y Casio, en Siria se enfrentaba a Dolabela (aliado de Antonio y Octavio).

Mientras tanto, Antonio se une a Ventidio, Planco, Asinio Polión y Lépido, con lo que consigue en poco tiempo 22 legiones para “reconquistar” Oriente a los asesinos.

Ante esta nueva situación, Octavio prefirió llegar a un entendimiento con Antonio, y como prueba de buena voluntad revocó la proscripción de Antonio y Lépido que él había hecho.

El 23 de noviembre Octavio, Antonio y Lépido se encontraron en Bolonia, donde convinieron que regirían el estado como Triunvirato durante 5 años, para cuyo fin, se repartieron el territorio. La lex Titia les otorgó este poder, y fueron designados: Tresviri Reipublicae Constituendae Consulari Imperium. Sus enemigos, incluido Cicerón, alcanzaron la muerte, al poco de comenzar las sangrientas proscripciones. Poco después, el ejército de los triunviros acabó por completo con los republicanos en Filipos (Macedonia), donde el triunfador indiscutible fue Marco Antonio:

Ninguna hazaña notable se vio de Octavio, sino que a Antonio era a quien se debían las victorias y los triunfos. (Plutarco)

Cuando el conflicto internacional llegó a Egipto, Casio (que se había hecho con el control de Siria) exigió a Cleopatra hombres y víveres, a lo que se negó, bajo la excusa de que la pobreza y las enfermedades asolaban Egipto. Sin embargo, cuando Dolabela le pidió (por medio de Aulo Alieno) las 3 legiones que César había dejado en Egipto, se las entregó con gusto. Casio capturó estas legiones y Dolabela se suicidó en Laodicea durante el verano del año 43 a. C, entonces el gobernador de Cleopatra VII en Chipre, Serapión, entregó a Casio su armada, pero una tormenta la dispersó y tuvo que regresar.

El encuentro de Tarso

tarso

Tras la victoria de Filipos, Antonio inició un grandioso viaje por Oriente: era necesario imponer el orden del Triunvirato en estas regiones y reunir los fondos necesarios para el mantenimiento de las legiones romanas. Fue recibido como “Neo Dionisos”. No hay que olvidar que en Oriente estaba muy arraigada la monarquía de derecho divino, por lo que ese título era un halago hacia el triunviro que aparecía como Señor indiscutible de Oriente. En el 41 a. C, convocó a Cleopatra VII para que le diese explicaciones sobre el apoyo que había prestado a Casio. Parece ser que fue un pretexto y que lo que deseaba era, como impenitente mujeriego, seducirla (conoció a Cleopatra durante su estancia en Roma, y desde entonces estaba encaprichado de ella; había conseguido antes a otras reinas de oriente por el mismo motivo y con Cleopatra VII no iba a ser diferente) y, de paso, contar con su ayuda financiera, ya que proyectaba una expedición contra los partos que amenazaban a los protectorados romanos de Oriente. Por otra parte, Cleopatra VII necesitaba del apoyo de Antonio para devolver a Egipto el poder que en otro tiempo tuvo. Sin embargo, se hizo esperar y sólo accedió a ir a Tarso tras recibir varias cartas apremiantes y la visita de Delio, enviado de Antonio. Plutarco nos narra su llegada:

Se decidió a navegar por el río Cidno en galera con popa de oro, que llevaba velas de púrpura tendidas al viento, y era impelida por remos de plata, movidos al compás de la música de flautas, oboes y cítaras: Iba ella sentada bajo dosel de oro, adornada como se pinta a Venus. Le asistían a uno y otro lado con abanicos, muchachitos parecidos a los Cupidos que vemos pintados. Tenía cerca de sí criadas de gran belleza, vestidas de ropas con que se representan a las Nereidas y a las Gracias, puestas unas a la parte del timón, y otras junto a los cables. Las orillas estaban perfumadas de muchos y exquisitos aromas, y un gran gentío seguía a la nave por una y otra orilla, mientras otros bajaban de la ciudad a gozar de aquel espectáculo, al que pronto acudió toda la muchedumbre que había en la plaza, hasta haberse quedado Antonio solo sentado en el tribunal; la voz que de unos a otros se propagaba era que Afrodita venía a ser festejada por Dionisos en bien de Asia

El encuentro de Tarso fue una entrevista diplomática. Cleopatra VII aparece en pie de igualdad, ante Antonio-Dionisos (el dios de los Ptolomeos) como Isis-Afrodita para manifestar su poder sobre los territorios que reivindicaba. Por otra parte, la reina se propone seducir al romano de quien dependía la suerte de Egipto.

Cleopatra convidó a cenar a Antonio a bordo de su lujosa nave y le ofreció un banquete alumbrado por multitud de luces (al estilo helenístico). Los festejos se prolongaron durante cuatro días. Cleopatra VII tenía 28 años; según Plutarco:

…en aquella edad en que la belleza de las mujeres está en todo su esplendor y la inteligencia en su plena madurez.

Enseguida se hicieron amantes. Cleopatra consigue de Antonio la ejecución de su traicionera hermana, Arsínoe IV y del falso Ptolomeo XIII y regresa a Alejandría.

Antonio en Alejandría

marco antononio en alejandria

En 41 a. C., Antonio llegó a Alejandría, donde pasó todo el invierno. Vivía en la ciudad como un ciudadano alejandrino, cambió su toga romana por la clámide griega, asistía a los gimnasios, a conferencias en la Gran Biblioteca, y visitaba los monumentos y santuarios (a Antonio le fascinaba todo lo helenístico: la ropa, la forma de vida… y todos los lujos orientales). Cleopatra, que le acompañaba en la esgrima, la caza, los juegos de dados, le ofreció espléndidos banquetes. Con un grupo de amigos, formaron una asociación a la que llamaron la Amimétobien (“vida inimitable”), élite social e intelectual que perseguía una libertad, alegría y ansías de vivir sin frenos… Por la noche salían de palacio y paseaban por las calles, vestidos como humildes alejandrinos.

Pero la reina nunca perdía de vista su meta política. Plutarco nos narra una anécdota que así lo atestigua.

Estaba (Antonio) un día pescando con mala suerte, y enfadándose porque se hallaba presente Cleopatra, mandó a los pescadores que, sin que se notara, pusieran en su anzuelo peces, y habiendo sacado dos o tres, la reina comprendió lo que pasaba. Fingió que se maravillaba… Luego Antonio echó la caña y mandó a uno de los suyos que colgara del anzuelo un pescado salado del Ponto, pero no le dio tiempo y… Cuando Antonio creyó que había picado algún pez y sacó la caña, las risas y el chasco fueron tan grandes como se puede pensar. Deja (le dijo Cleopatra), Imperator, la caña para nosotros, los que reinamos en el Faro y el Cánopo (Alejandría, Egipto). Tus capturas son ciudades, reyes y provincias.

Antonio y Octavia

antonio y octavia

Antonio abandonó a Cleopatra a finales del invierno del 40 a. C., reclamado por la preocupante situación en el exterior: Los ejércitos partos del rey Arsacés XIV, dirigidos por un romano traidor, Quinto Labieno, ocupaban el sur de Asia Menor, Siria y Judea, y eran cada vez más amenazadores. Herodes I de Judea había tenido que refugiarse en Roma. Al mismo tiempo, su tercera esposa Fulvia y Lucio (hermano de Antonio), por propia iniciativa y sin conocimiento de éste, defendían en Roma sus intereses frente a Octavio, en la guerra de Perusia (Etruria), en la que fueron derrotados, poniendo en peligro los intereses de Antonio.

Antonio se dirigió a Atenas, donde su esposa, Fulvia, se había refugiado, tras la derrota en Perusia. Tras recriminarla por sus acciones, marchó hacia Italia. Fulvia murió poco después; el sentimiento que experimentó al ver a su esposo locamente enamorado de Cleopatra, la condujo a la tumba. La situación de Antonio era muy grave, puesto que había perdido parte de Oriente a causa de los partos y 11 legiones de las Galias que adquirió Octavio como consecuencia de la guerra de Perusia.; sin embargo, pronto su situación cambia, ya que Asinio Polión logró que Domicio Aenobarbo se le uniera con 200 navíos de la flota que perteneciera a Bruto, al tiempo que Sexto Pompeyo aparece como su aliado. Con esta ayuda, cercó Brindisi. La guerra civil parecía de nuevo inminente, pero ninguno de los dos bandos se sentía seguro. El conflicto se solucionó gracias a la intervención de Mecenas y Asinio Polión, con el tratado de Brindisi, en el que se suscribió un nuevo reparto: Antonio recibe Oriente, desde el Adriático, con la obligación de combatir a los partos; Octavio, Occidente, y Lépido, África. El acuerdo pareció robustecerse con el matrimonio de Antonio con Octavia, hermana de Octavio y viuda de Claudio Marcelo. En el año siguiente, a petición de Lépido y Antonio se firmó el tratado de Miseno con Sexto Pompeyo, para neutralizarle, ya que controlaba el Mediterráneo occidental mediante actos de piratería contra las naves romanas.

En el otoño de 39 a. C, Antonio, acompañado de Octavia, marchó a Atenas, donde permaneció hasta la primavera del 37 a. C. allí le aclamaron como “Neo Dionisos”, dios del vino, de la felicidad y de la inmortalidad. Durante este tiempo, su ejército, dirigido por Publio Ventidio Basso, obtuvo 3 victorias sobre los partos, con lo que se recuperaron las anteriores posiciones romanas en Oriente y Herodes I recuperó Judea. Mientras tanto, a pesar de su matrimonio con Octavia, otras diferencias habían surgido entre los dos triunviros y otra vez la guerra civil parecía inminente; sin embargo, pudo evitarse gracias al Tratado de Tarento, conseguido por la mediación de Octavia. Con este tratado se anuló el Pacto de Miseno, el triunvirato se prolongó durante cinco años más, Octavio se comprometió a proporcionar 4 legiones a Antonio (que nunca entregó), como ayuda para la próxima campaña contra los partos y éste entregó 120 naves que Octavio utilizaría en la posterior guerra contra Sexto Pompeyo. Solucionado el conflicto, Antonio, en compañía de Octavia que estaba embarazada de su segunda hija (la futura Antonia, “la menor”), marchó hacia Oriente, pero, inesperadamente, al llegar a Corcira, la envió de nuevo a Italia, con el pretexto de evitar a su esposa e hijos (los tenidos con Fulvia), las molestias de seguirlo en la expedición contra los partos. Luego, tras cuatro años sin hacer nada por ver a Cleopatra, ni siquiera durante una campaña en Siria, concertó por mediación de Fonteyo Capitón, una entrevista en Antioquía (Siria).

¿Que motivó la precipitada vuelta de Octavia a Italia? Es razonable suponer que Antonio, por sí sólo o aconsejado por Ventidio u otros allegados, comprendiera que sus tratados con Octavio le habían arrancado las Galias, 11 legiones y 120 navíos, sin que hasta el momento hubiera obtenido nada a cambio, ni su esposa Octavia pudo darle el apoyo que él hubiera deseado; Livia Drusila, con quien Octavio se había casado recientemente (se había separado antes de Escribona, hermana de Sexto Pompeyo y madre de su hija Julia), hacía todo lo necesario para enemistar a los triunviros. Livia se interesó por Octavio, cuando comprendió que éste sería el próximo César y no dudó en abandonar a su marido Druso Nerón (republicano de convicción), para casarse con él, e incluso después del divorcio, le envenenó en una fiesta. También se sospechó que Livia había asesinado a los herederos de Octavio, con el fin de asegurar la sucesión de su hijo pequeño Tiberio (tenido con Druso Nerón), e incluso el envenenamiento del propio Octavio-Augusto en su ancianidad, Livia era una mujer muy ambiciosa y ávida de poder, de la que su biznieto Calígula (después emperador) decía que era “Ulises con falda”. Livia siempre envidió a Cleopatra por su poder y carisma.

Como quiera que fuese, Antonio decidió reanudar su alianza sentimental y política con Cleopatra VII. ¿Sólo por amor? No parece razonable, aunque la historia así lo registra. Narra Plutarco:

La más terrible peste, que había estado callada por largo tiempo, es decir, el amor de Cleopatra, que parecía adormecido y debilitado por mejores consideraciones, se encendió y estalló de nuevo al acercarse a Siria…

¿Qué hacía mientras tanto la reina de Egipto?

A los seis meses después del abandono dio a luz a los hijos gemelos de Antonio, Alejandro Helios y Cleopatra Selene, sin que su padre hiciera nada por conocerlos, ni siquiera cuando se encontraba en Siria, lejos de Octavia. No existe constancia alguna de que la reina acudiera en busca del triunviro que nada quería saber de ella. Cleopatra VII tenía que estar muy preocupada con la azarosa vida del triunvirato, siempre en puertas de la guerra civil, poniendo a Egipto otra vez en peligro. Por otra parte, Roma había reforzado sus fronteras con Egipto y el Senado había nombrado a un enemigo suyo, Herodes I (“el Grande”), rey de Judea, Idumea y Samaria (sucesor éste de Hicarno II).

Según algunos historiadores, Cleopatra se comportó en ese tiempo como la laboriosa araña que teje sus intrigas para atrapar de nuevo a Antonio y así acrecentar su poder. Cuenta Plutarco:

Habiendo sido nombrado (Antonio), por hacer obsequio a Octavio, sacerdote de Julio César, continuaron tratando en buena compañía y amistad de los más graves negocios; más cuando se juntaban a divertirse y jugar, Antonio se sentía mortificado de que siempre era el que libraba peor; y es que tenía a su lado un egipcio dado a la adivinación (llamado Hunefer), de aquellos que examinan el destino, el cual, o instruido por Cleopatra, o teniéndolo por cierto, estaba diciendo continuamente a Antonio con sobrada libertad que, siendo su fortuna la más grande y brillante se marchitaba al lado de la de Octavio, y le aconsejaba que se alejara cuanto más pudiera de aquel joven…

Sin embargo, la realidad era que, una vez solucionado los problemas de los triunviros con Sexto Pompeyo, tras el semi-acuerdo de Miseno, Antonio, como señor de Oriente, debía abandonar Roma y acometer la guerra contra los rebeldes partos. Así que el astrólogo se esforzó en vano.

La guerra contra los partos

En el año 37 a. C. Cleopatra llegó a Antioquía. El abandono de Antonio debió hacerla reflexionar, por lo que ahora impuso condiciones para una alianza: Su matrimonio con el romano, según el ritual egipcio que, al contrario que las leyes romanas, permitía la poligamia. Cleopatra, obtiene de Antonio los volúmenes de la Biblioteca de Pérgamo y los territorios de Siria, Fenicia, Chipre, Cilicia, Celesiria, Cirenaica y Creta (de momento). Era  el triunfo de su política. Egipto engrandece su territorio, protege sus fronteras y recobra en Oriente su acción hegemónica, retornando a su política legendaria. Marco Antonio consiguió a cambio el apoyo militar y financiero del Egipto de Cleopatra VII.

Como reina-faraón de Egipto, el matrimonio para Cleopatra VII era una cuestión política. ¿Llegó a amar al romano? Su trágica muerte, si hemos de creer a Plutarco, indica que fue una esposa amante y fiel.

La política de la pareja despertó los recelos de Roma (y los de Octavio). Plutarco comenta como justificaba Antonio sus acciones para con Cleopatra y Egipto:

Decía que la grandeza del Imperio de los Romanos no resplandecía en lo que adquirían, sino en lo que donaban, y que la nobleza se dilataba con las sucesiones y descendencia de muchos reyes, y de este modo era como su progenitor (venía de Hércules), que no limitó su sucesión a una mujer sola, ni temió a las leyes de Solón, sino que tuvo descendencia de varias mujeres.

Antonio aspiraba al señorío del mundo con la hegemonía de Oriente. Se proponía actuar como Sila, Pompeyo y el propio César: ganar poder, fama, dinero y triunfos militares en Oriente, para luego volver a Roma, deshacerse de sus rivales políticos y gobernar; por ello, como se propuso César, tenía que conquistar el reino de los partos, encrucijada donde se encontraban las rutas hacia la India, Armenia y el Cáucaso, y las importantes vías del tráfico que, atravesando el Asia Central, alcanzaban China; los territorios del antiguo imperio de Alejandro Magno… Pero este nuevo sueño de Imperio Universal condujo otra vez a un desastre. Antonio era un brillante general, como demostró en Farsalia y Filipos, pero su carácter excesivamente confiado carecía de las dotes políticas y el ingenio militar de Julio César.

En la primavera del 36 a. C inició la campaña contra los partos. La reina le acompañó hasta el Eufrates, y después regresó a Egipto, pasando por Judea. Se dijo entonces, que embarazada de Marco Antonio, intentó seducir a Herodes I, y que éste intentó asesinarla (instado por Octavio). En Alejandría se acuñaron nuevas monedas, en las que Marco Antonio y Cleopatra aparecían como soberanos helenísticos, a modo de Isis-Afrodita y Osiris-Dionisos. Más tarde da a luz a su último hijo Ptolomeo Filadelfo (llamado así en honor al segundo miembro de la dinastía Ptolomeo II Filadelfo, constructor del Faro).

Sin embargo, la campaña contra el rey de los partos Arsacés XV fue un completo desastre, aunque la causa, por supuesto, no fue porque Antonio se precipitara para volver a sus orgías con Cleopatra, según apuntaron los historiadores antiguos fieles a Octavio. Parece que la campaña estuvo bien planeada, aunque esta empresa conllevaba una serie de riesgos imprevisibles, en un amplio terreno desértico, hostil y desconocido para las legiones romanas. Roma nunca pudo someter a Partia, ni siquiera el gran emperador Trajano, quien después de su retirada, al llegar a Roma murió de una enfermedad que contrajo durante la campaña. ¿Lo hubiera conseguido Julio César?

Antonio, que se había aliado con el rey armenio Artavasde I, lanzó una ofensiva a través de Armenia y Media. El desastre ocurrió cuando Artavasde lo traicionó y los partos destruyeron su retaguardia, junto con los víveres y las máquinas de guerra, mientras asediaba Fraata, lo que le forzó a una retirada peligrosa desde Media hacia Armenia, en mitad de un invierno helado, perseguido por la caballería y los arqueros partos, el hambre y las enfermedades. En total, perdió 24.000 hombres. La retirada terminó en Siria, donde esperó el socorro de Cleopatra que no le abandonó, sino que acudió con víveres, ropas y dinero. A pesar de la derrota, conservó el prestigio entre sus soldados, ya que su actuación en la retirada había impedido la aniquilación completa del ejército, por lo que conservó su afecto, como comenta Plutarco.

Mientras tanto, Octavio afianzaba su poder en Roma. El 3 de septiembre del 36 a. C, su general Marco Vipsanio Agripa, en combinación con Lépido, logró un gran triunfo, con la derrota de Sexto Pompeyo en la batalla de Nauloco. Lépido pretendía obtener Sicilia, porque se le habían rendido ocho legiones de Sexto Pompeyo, pero Octavio atrajo al ejército mediante el soborno. Lépido se vio sin ejército y sin el gobierno de África y Octavio lo desterró a Circeo. Pudo conservar la vida gracias a que ostentaba el cargo de Pontífice Máximo y su muerte hubiera sido un sacrilegio. A partir de entonces, el mundo sólo tenía dos amos: Octavio en Occidente y Antonio en Oriente (sujeto al control del Egipto de Cleopatra VII). La guerra civil era ya cuestión de tiempo.

De nuevo, Octavia…

La esposa romana de Antonio, Octavia, llegó a Atenas con suministros y refuerzos para su marido. Se ignora si actuó por iniciativa propia, de buena fe, o se trató de una treta de Octavio para provocar a Antonio. El asunto fue, según Plutarco:

Queriendo Octavia navegar desde Roma a unirse con Antonio, se lo permitió Octavio; los más creen que no por condescender con su deseo, sino para que desatendida y abandonada, diera causa justa para la guerra. Llegada a Atenas, recibió carta de Antonio en que se le daba la orden de permanecer allí, hablándole de la expedición.

Las tropas consistían en 2.000 soldados. No es difícil imaginar el enfado de Antonio: Octavio le había prometido 4 legiones; es decir, 20.000 soldados… y ahora le enviaba a su esposa con la décima parte.  Es entonces cuando se dijo que Cleopatra hizo lo posible para retener a Antonio e impedir que se alejara tras Octavia y que así logró demorar durante un año la campaña contra Armenia. Comenta Plutarco:

Fingió que estaba perdida de amores por Antonio; y para ello debilitaba el cuerpo con tomar escasos alimentos, y en su presencia ponía la vista como espantada, y cuando se apartaba de ella, desolada y triste. Hacía que muchas veces se le viera llorar, y de repente se limpiaba y ocultaba las lágrimas, como que no quería que el lo advirtiese. 

Sin embargo, no parece creíble que Cleopatra se empeñara en demorar la campaña, ya que Antonio ya había despedido a Octavia; mientras, Livia (la esposa de Octavio) se sintió secretamente encantada con el incidente, ya que hacía tiempo que se dedicaba con asiduidad a provocar incomprensiones y celos entre Octavio y Antonio, en tanto que Octavia se dedicaba con la misma asiduidad a borrar las diferencias. Cuando Octavia regresó a Roma, Livia le pidió a Octavio que la invitase a dejar la casa de Antonio e ir a vivir con ellos. La primera se negó a hacerlo, en parte porque no confiaba en Livia y en parte porque no quería aparecer como la causante de una guerra civil inminente…

Cleopatra VII, reina de Oriente

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La derrota contra los partos fue parcialmente superada con una rápida campaña contra el traidor rey de Armenia, Artavasde I. En la primavera del 34 a. C, Antonio celebró un nuevo acuerdo con Herodes I de Judea y, a continuación, invadió Armenia. La guerra terminó con la derrota y la prisión de Artavasde. Su hijo, Artaxes II fue también vencido. Antonio llevó sus armas victoriosas hasta el río Araxes y completó la conquista del reino armenio que quedó como provincia romana. Posteriormente se alió con el rey Meda Artabazo I, Alejandro Helios (hijo de Antonio y Cleopatra) se casaría con Iótape, una princesa meda y heredaría la Media. Después, en Alejandría celebró su triunfo, vestido como Dionisos, acompañado de Cleopatra, como Isis. El rey de Armenia y su familia desfilaron cargados de cadenas de plata, en consideración a su rango.

Pocos días después, celebraron una ceremonia conocida como las donaciones de Alejandría. Antonio y Cleopatra se sentaron en tronos de oro; sobre tronos más bajos, Ptolomeo Cesarión, vestido de faraón, Alejandro Helios, vestido como rey de Media, Cleopatra Selene, vestida como reina de Libia y Ptolomeo Filadelfo, vestido como rey de Siria. Antonio pronunció un discurso en el que distribuyó los territorios que dependían de Egipto y los que había conquistado (supuestamente para Roma).  Cleopatra VII, nombrada “Reina de Reyes”, y Ptolomeo XV Cesarión, “Rey de Reyes”, hijo legítimo de Julio César, recibían Egipto, Celeseria, Creta y Chipre. Alejandro Helios recibió Armenia, Media y Partia (aun por conquistar); Cleopatra Selene, Libia y Cirenaica; Ptolomeo Filadelfo, Siria, Fenicia y Cilicia. En Oriente se gestaba un vasto imperio dinástico cuyo centro debía ser Alejandría (Egipto), aunque, al memos de momento, como “vasallo” de Roma. El acto, aunque muy provocativo, no implicaba una ruptura formal con Roma, cuyos gobernantes estaban acostumbrados a poner y deponer reyes.

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La guerra contra Cleopatra VII

cleopatra guerra

Mientras Antonio unificaba Oriente bajo su mando (y el de Cleopatra), Octavio se había instalado sólidamente en Occidente. Aquí ninguna tradición favorecía la instauración del poder monárquico, por lo que no tuvo más solución que aparecer como defensor de la república y de las antiguas tradiciones romanas. Era un contrasentido, ya que antes había asumido el papel de vengador y heredero de César, quien había acabado con la república. No obstante, con la misma habilidad política conque más tarde engañó a Roma haciendo pasar una monarquía por república, ahora, preparaba, un poder personal, haciendo que le prestaran juramento Italia y las provincias que detentaba. Entre Octavio y Antonio, entre Occidente y Oriente, la lucha era inminente.

En el 33 a. C. Antonio y Octavio comenzaron una guerra de propaganda que alcanzó su tono más virulento en el año 32 a. C., cuando Antonio mostró ante el mundo entero su amor por Cleopatra VII, ya que repudió a su esposa Octavia que le había permanecido fiel, a pesar de las repetidas humillaciones; este acto provocó la ira de Octavio que juró pagar la afrenta a su hermana. Entonces se hizo correr el rumor de que Marco Antonio planeaba reducir Roma a un estado vasallo de su imperio helenístico-oriental y que los romanos serían esclavos de los eunucos orientales y de su reina lasciva y ramera, a la que, de origen macedónico, creían insultar llamándola “la egipcia”, que estarían obligados a rendir culto a los dioses bestiales y decadentes de Egipto, y a adoptar las prácticas religiosas perversas de una tierra de gobernantes incestuosos. También se decía que Antonio estaba sometido a Cleopatra, como Hércules lo estuvo a Órfale y que Cleopatra, como lujuriosa reina ramera, vivía en constantes orgías con un borracho, Antonio. Sin embargo, en Egipto, donde Cleopatra también contaba con enemigos, no ha quedado ningún registro testimonial de esta escandalosa depravación sexual; la vida de Antonio en Alejandría, Éfeso o Atenas, junto a Cleopatra fue muy parecida a la que llevó junto a Octavia. Era un hombre al que le gustaban las fiestas dionisíacas, la buena comida y bebida, las bromas y el ejercicio físico.

Pero Antonio, que no quería ser acusado otra vez de iniciar una guerra civil (ya Cicerón le acusó antes, cuando siendo general de César cruzó el Rubicón y comenzó la guerra entre César y Pompeyo), prefería permanecer en la legalidad y que el Senado reconociese su autoridad en Oriente. Por ello a finales del año 33 a. C, fecha en que expiraba el triunvirato, envió un informe sobre sus actos al Senado, el cual fue leído por los cónsules, Sosio y Enobarbo, seguidores suyos. Octavio respondió tomando el control de Roma por la fuerza (mediante Golpe de Estado), los 2 cónsules y los 300 senadores (de Antonio) huyeron y se refugiaron en Éfeso. Octavio obtuvo así el consulado y convirtió “legalmente” a Antonio en un ciudadano romano normal, sin poder, que actuaba sin la autoridad del Estado.

La popularidad y el prestigio de Antonio en Roma, decayeron tras las “donaciones de Alejandría”. Algunos de sus seguidores, como Planco y Tício, se pasaron al enemigo. Ellos revelaron a Octavio la existencia de un testamento de Antonio, depositado en el templo de las Vírgenes Vestales. Octavio, contraviniendo la inviolabilidad de dicho templo, se apoderó del documento y leyó su contenido en el Senado. Marco Antonio manifestaba su voluntad de ser enterrado en Alejandría, junto a Cleopatra; reconocía oficialmente a Ptolomeo XV Cesarión como hijo y heredero de Julio César, a sus hijos tenidos con Cleopatra y ratificaba todas sus conquistas para Egipto y sus hijos. El testamento provocó las iras de Roma que consideró a Antonio como traidor. Tras esto, el Senado decidió pararalizar la actitud amenazadora de Egipto, y Octavio realizó una solemne declaración de guerra contra su reina, Cleopatra VII (y contra Antonio).

Lejos de iniciar la guerra y atacar Roma, Antonio se preparó para una guerra defensiva, no sabía por dónde atacaría el enemigo. Indudablemente lo haría por mar. Su estrategia era estar preparado para cualquier eventualidad de ataque, lo que le hizo dispersar sus fuerzas, tanto la flota como el ejército, esta circunstancia fue su perdición, ya que en los momentos decisivos, atacado en dos frentes, no pudo disponer de todos sus efectivos. Sucesivamente estableció su cuartel general en Éfeso, Atenas, y Pátras. En el invierno del 32-31 a. C. la mayor parte de la flota se encontraba en la costa oriental de Grecia, entre Carnania y Epiro; mientras que el ejército estaba a lo largo de la costa.

Las fuerzas de Antonio y Octavio estaban bastante niveladas. Octavio estaba al frente de 75.000 legionarios, 15.000 jinetes y una flota de 400 naves. M. Antonio y Cleopatra VII disponían de 80.000 legionarios, 20.000 auxiliares, 15.000 jinetes y 500 naves de guerra (300 de ellas, egipcias); por primera vez desde Alejandro Magno, Oriente estaba bajo un mando único. El ejército de Octavio contaba con fuerzas uniformes y disciplinadas, todas ellas reclutadas y entrenadas en Roma. El ejército de Antonio y Cleopatra era más heterogéneo, compuesto por legionarios romanos, tropas egipcias, griegas y las proporcionadas por los reyes aliados. Los navíos de Antonio y Cleopatra eran grandes y pesados, y los de Octavio, ligeros y maniobrables.

Marco Vipsanio Agripa, general de Octavio y hábil estratega que se había destacado en las batallas navales contra Sexto Pompeyo, atacó Metona, en la costa sudeste de Grecia; atrajo así la atención del enemigo, mientras Octavio salía de Brindisi y lograba desembarcar en Panormo, al norte de Epiro, y avanzar hacia Accio (Actium). Antonio sale rápidamente hacia Accio. Al poco tiempo, los dos ejércitos se encuentran en el golfo de Ambracia, donde permanecieron frente a frente durante todo el invierno sin luchar, por razones tácticas. En la primavera siguiente, Agripa tomó Leucadia, al sudoeste de Accio. Mientras Antonio atacaba sin éxito al ejército de Octavio en combates terrestres, en los que los reyes de Tracia y Panfilia le traicionaron y se unieron a su enemigo. Agripa, desde el otro frente, avanzó hacia Patrás, donde se apoderó de parte de la flota de Antonio; logró llegar hasta Corinto y cortar el abastecimiento de Antonio, que queda bloqueado por tierra y mar en Accio (Actium).

Los repetidos fracasos, la malnutrición por la escasez de víveres y una devastadora epidemia desmoralizaron a las fuerzas de Antonio. Muchos de sus partidarios no aprobaban la presencia de Cleopatra en el campamento, en parte por la venenosa campaña de Octavio y también porque los romanos no podían aceptar que una mujer, y con más motivo extranjera, tuviera una posición de mando. No obstante, formalmente la guerra era contra ella, que había financiado la campaña y aportado barcos y tropas. ¿Podía desentenderse Cleopatra VII de sus tropas y de la defensa de su país? Es en este momento cuando comienzan las deserciones en el campamento de Antonio. Domicio Aenobarbo, el cónsul refugiado con Antonio, tras el golpe de mano de Octavio en el Senado, había pedido insistentemente que la reina se marchara a Egipto, finalmente se pasó a Octavio. Más tarde lo hizo Delio, llevando consigo el plan de batalla; contándoselo todo a Octavio y Agripa., él pudiera evitarlo y que no lo

La batalla naval de Accio (Actium)

Según los historiadores modernos, la batalla de Accio (Actium) fue una retirada táctica incompleta. Esta afirmación se basa en datos aportados por los historiadores antiguos, Dión Casio y Plutarco, quienes, sin embargo, culparon a Cleopatra VII del desastre. En septiembre del año 31 a. C, la posición de Antonio era insostenible. Sus fuerzas, tropas y naves eran inferiores a las de Octavio. La escasez de alimentos y las enfermedades asolaban su campamento. Las alternativas eran abandonar las naves, avanzar peligrosamente con el ejército por el Norte (hacia Epiro e Iliria) y llevar la campaña en tierra, o intentar salvar lo que se pudiera de la flota y marchar con ella a Asia Menor y confiar el ejército a Canidio que se retiraría por Macedonia a su encuentro. Cleopatra era partidaria de la segunda opción, y fue la que se tomó. Para ello era necesario llevar a cabo una batalla naval con la que se pudiera romper el bloqueo. Como no contaba con hombres suficientes para tripular todas las naves, Antonio quemó los pesados cargueros y las pequeñas naves de guerra excesivamente lentos y se quedó con 250 naves contra las 400 de Octavio. El tesoro fue colocado en la nave de la reina. Los senadores huidos de Roma fueron situados en la escuadra egipcia. Antonio ordenó que no se retirasen las velas de las naves, como era habitual en los combates navales. Estas decisiones, llevadas en secreto para no desmoralizar a sus aliados, y que sólo conocían sus más estrechos colaboradores, indican que se proponían escapar del bloqueo para, más tarde, reorganizar sus efectivos y poder contraatacar.

accio actium

El 2 de septiembre del año 31 a. C, tras cuatro días de tempestad, cerca del mediodía se levantó una suave brisa. Las tres alas de la flota zarparon hacia alta mar, en apretadas filas, para forzar la barrera de las naves de Octavio. La escuadra de Cleopatra navegaba en la retaguardia. Agripa fingió replegarse y Publícola (del bando de Antonio) rompió el frente, al perseguirlo. Agripa dio media vuelta bruscamente y atacó la flota enemiga que quedó dispersada. La escuadra de Cleopatra aprovechó la brecha para izar las velas, navegar a alta mar y regresar a Egipto. Antonio la siguió a bordo de un quinquerreme y dio orden a sus naves de seguirle. Únicamente un centenar de ellas logró escapar.

Al poco tiempo, Antonio alcanzó la nave de Cleopatra y subió a bordo. Permaneció tres días en la proa, hasta la llegada al cabo Tenaro, sin hablar palabra, apoyando la cabeza entre las manos (Plutarco). En Tenaro se detuvieron en espera de los barcos que les habían seguido, como habían acordado de antemano. La depresión de Antonio se explica si se tiene en cuenta que había perdido más de la mitad de la flota.

La derrota de Accio no fue aplastante, pero Octavio y sus partidarios, sin embargo, la presentaron como el triunfo glorioso de una guerra justa, la victoria de la virtud y moralidad romana, sobre la depravación e inmoralidad oriental, al tiempo que difundieron la historia de que Cleopatra había traicionado a Antonio y éste a sus hombres. Los historiadores antiguos culparon a Cleopatra VII del desastre. Según Plutarco, la huida de Antonio se debió a su amor por la reina, que le hizo olvidar su dignidad y honor. Todo ello, desmoralizaría al ejército que, al no tener esperanza de cobrar su paga y obtener tierras en Italia de Antonio, no tardaría en pasarse a Octavio.

En Tenaro, Antonio y Cleopatra se enteraron del desastre sufrido por la flota. Al poco llegó Canidio con la noticia de que el ejército, sobornado por Octavio, se había rendido, como antes lo hiciera el de Lépido. Poco después, marcharon hacia Paretonión, en el extremo occidental de Egipto, y Cleopatra partió desde allí hacia Alejandría. Cuando Antonio se disponía para ponerse al frente de las 4 legiones estacionadas en Cirenaica, para contraatacar por África, se enteró de que también se habían unido a Octavio.

Los compañeros de la muerte

muerte cleopatra

Cleopatra sabía que si llegaba a Alejandría como derrotada, sus enemigos políticos aprovecharían la ocasión para apartarla del trono; por ello, convirtió la derrota en una victoria. Sus naves, con velas púrpuras y adornadas con guirnaldas, entraron en el puerto de Eunostos al son de himnos triunfales. Al poco tiempo, ordenó ejecutar a todos los traidores y al rey de Armenia (Artavasde I) que se había aliado con Octavio y permanecía prisionero en Alejandría, enviando su cabeza a Artabazo I rey de los medas, incitándole a tomar las armas en favor de Antonio y para pedirle que cumpliera su promesa de legar su reino a Alejandro Helios. Pensó entonces en huir hacia la India con sus naves, donde el rey Bharukaccha le había ofrecido asilo, pero éstas fueron quemadas por el rey de Petra Málikos I, partidario de Octavio. Ya sólo le quedaba el recurso de la negociación.

Abandonado por todos, Antonio regresó a Alejandría y se aisló en una pequeña casa que se hizo construir cerca del puerto, a la que llamó su “Timoneion”, en recuerdo del misántropo Timón de Atenas. Cleopatra consiguió arrancarlo momentáneamente de su depresión, proporcionándole la vida que a él le gustaba, con una serie de fiestas y diversiones para celebrar su cumpleaños y la mayoría de edad de Ptolomeo XV Cesarión y de Antilo (el hijo mayor de Antonio y Fulvia).

Las negociaciones

A principios del año 30 a. C, Octavio llegó cerca de Pelusio, en la frontera oriental de Egipto, al tiempo que las legiones de Cornelio Galo se estacionan en Paretonión, en la frontera occidental. Egipto está completamente cercado y comienzan las negociaciones. Antonio está dispuesto a perder todos sus poderes y vivir exiliado en Egipto o Grecia. Ofrece también su vida, a cambio de la de Cleopatra. Cleopatra VII envió a Octavio su diadema y cetro, en espera de salvar la vida de sus hijos y la continuidad de la dinastía Lágida en el trono de Egipto. Octavio sólo respondió, con la propuesta de que hiciese ejecutar a Antonio, y ella le contestó: “Antonio tiene muchos caminos para morir, ninguno para vivir”. Según Wertheimer, Cleopatra planeaba deshacerse de Antonio, pero lo cierto es que nunca lo hizo y en este punto, si se sigue esta hipótesis, nos viene a la memoria el episodio narrado por Plinio. ¿Cómo una reina tan resuelta, pudo mostrarse tan incapaz para asesinar al hombre que, según decían sus enemigos, tenía subyugado?

Según Plutarco, entonces:

Cleopatra juntó diferentes suertes de venenos mortales, y para probar el grado de dolor con que cada uno ocasionaba la muerte los hizo tomar a los presos condenados a muerte.

La reina llevó a su mausoleo funerario las cosas de más valor. Intentaba así presionar a Octavio, para conseguir salvar a sus hijos y a la dinastía:

Oro, plata, esmeraldas, perlas, ébano, marfil, lapislázuli  y cinamomo, y con todo esto gran porción de materias combustibles y estopas; temeroso Octavio de que aquella mujer en un momento de desesperación, destruyera y quemara toda aquella riqueza, se esforzaba en darle continuamente lisonjeras esperanzas, según se iba acercando con su ejército a la ciudad. (Plutarco)

Tirso, el nuevo mensajero que Octavio envió a la reina, fue golpeado y expulsado violentamente por Antonio que temía una alianza entre Octavio y Cleopatra VII.

Cleopatra, para aquietarle en sus quejas y sospechas, le obsequiaba todavía con mayor esmero; así es que, habiendo celebrado su cumpleaños sin pompa ni aparato, dadas las circunstancias adversas, para festejar el de Antonio no escatimó en el esplendor y el gasto. (Plutarco)

Dionisos abandona a Antonio

En la primavera del año 30 a. C., las legiones de Octavio se apoderaron de la ciudad de Pelusio. Se extendió el rumor de que Seleuco (gobernador de Pelusio) la había entregado de acuerdo con Cleopatra VII, pero ésta entregó a Antonio, la mujer y los hijos del traidor. A principios de verano Octavio y sus legiones llegaron a las puertas de Alejandría. Antonio realizó una salida afortunada con su caballería, pero no fue una victoria decisiva.

Engreído con la victoria, se dirigió a palacio y saludó amorosamente a Cleopatra, armado como estaba; presentándole el soldado que más se había distinguido. Dióle Cleopatra en premio una coraza y un morrión de oro, y en aquella misma noche el soldado se pasó a Octavio. (Plutarco)

El 31 de julio Antonio intentó llevar a cabo una batalla naval y terrestre contra Octavio en Alejandría (a imitación de las “Guerras Alejandrinas” de Julio César), con la esperanza de vencerle (cual César redivivo). La noche antes, durante la cena, comentó a sus amigos más íntimos que lo hacía con el fin de obtener una muerte digna en el combate. En este intento sólo participó la infantería, la flota y la caballería se rindieron, sin iniciar combate. Parece ser que la noche anterior se había extendido el rumor de que Dionisos, su dios tutelar, le había abandonado en medio de un cortejo que, al son de instrumentos musicales, se alejaba de Alejandría; también se rumoreaba que una serpiente de gigantescas dimensiones apareció en la calle principal de Alejandría (Somma-Cánopic) acompañada por los fantasmas de los faraones que hicieron fruncir el ceño a sus estatuas milenarias y que el buey sagrado de Menfis, Apis, lanzó en la noche lluviosa un mugido de gran lamentación para romper en seguida a llorar…

Plutarco nos narra una sucesión de hechos, tan inconsistentes, que resultan poco creíbles, aunque están muy en la línea de la versión de los vencedores, según la cual, Antonio estaba completamente dominado por Cleopatra, quien dirigió todos sus actos, entre ellos, su muerte: Antonio regresa furioso del simulacro de combate. Piensa que Cleopatra le ha traicionado. La reina que ve su país invadido, sólo se preocupa y aterroriza ante la cólera de Antonio y, para protegerse de su venganza, se encierra en su mausoleo, pero para más seguridad, da las órdenes oportunas para que se informe a Antonio de su muerte. Luego, a pesar de su carácter resuelto y sin que se sepa el motivo, se arrepiente y envía a su secretario Diómedes a Antonio, con el mensaje de que se reúna con ella en el mausoleo. Momentos antes de llegar Diómedes, Antonio se entera de la muerte de la reina; en una fracción de segundo, su sospecha y cólera se transmutan en una desesperación tan profunda que decide poner fin a su vida de forma honrosa. Entregó su espada a su liberto Eros para que le matara, pero éste prefirió matarse a sí mismo, antes que cumplir la orden. Admirado por el valor del liberto, Antonio se clavó la espada en el vientre. Tampoco parece creíble otra versión que supone que Cleopatra hizo creer a Antonio que ella había muerto, para provocar su suicidio y obtener el favor de Octavio. No le hubiera sido difícil conseguir su muerte por otro medio más seguro y que probara ante Octavio que al final había cumplido su deseo: la muerte de Antonio.

Antes de morir, Antonio pidió a sus esclavos que le condujeran ante Cleopatra:

Cleopatra VII no abrió la puerta, sino que, asomándose por las ventanas, le echó cuerdas y sogas, con las que ataron a Antonio; ella tiraba de arriba con otras dos mujeres, que eran las únicas que había llevado al sepulcro (Iras y Carmión). Dicen los que presenciaron este espectáculo haber sido el más miserable y lastimoso, porque le subían bañado en sangre, moribundo, tendiendo las manos y teniendo en ella clavados los ojos. Cleopatra VII, alargando las manos y descolgando demasiado el cuerpo, con dificultad tiraba del cordel… Luego que lo hubo recogido de esta manera y que lo puso en el lecho, rasgó sobre él sus vestiduras, se hirió y arañó el pecho con las manos, y manchándose el rostro con su sangre, le llamaba su señor, su marido, su faraón y su imperator, y casi se olvidó de sus propios males, compadeciendo y lamentando los de Antonio. (Plutarco).

La muerte de Cleopatra VII

muerte cleopatra 3

Octavio ordenó a Proculeyo que capturasen viva a Cleopatra, porque quería exhibirla en su triunfo en Roma, y además, temía que prendiese fuego al tesoro. La reina, que se negó a abrir las puertas de su mausoleo, nunca suplicó por su vida, sino por la de sus hijos y la continuidad de su dinastía Lágida en el trono de Egipto. Proculeyo lo intentó en vano, animándola a que confiara en Octavio, hasta que llegó Cornelio Galo (otro esbirro de Octavio) y mientras, éste la distraía con nuevas negociaciones, entró por la misma ventana en que antes lo hiciera Antonio y le arrancó el puñal con el que quiso darse muerte.

Cleopatra VII era ya prisionera de Octavio, que desde entonces imitará torpemente la famosa magnanimidad de Julio César. Incluso “lloró” por la muerte de Antonio, como antes lo hiciera César por la de Pompeyo, pero aunque perdonó al pueblo de Alejandría, hizo degollar a Antilo, el hijo mayor de Antonio y Fulvia, que se había refugiado ante la estatua de César y más tarde, tras la muerte de Cleopatra, ejecutó a Ptolomeo XV Cesarión (el legítimo heredero de César y rey de Egipto), a quien Cleopatra había enviado hacia la India, pero que había vuelto a Alejandría, engañado por su preceptor Rodón (que estaba sobornado por Octavio).

Según Plutarco, aunque muchos reyes, príncipes y generales que antes habían abandonado a Antonio, pedían sepultarlo honrosamente y de forma romana, Octavio permitió que fuera Cleopatra quien se encargara de ello:

Ella le sepultó regia y magníficamente con sus propias manos, y Antonio llorado por Cleopatra VII, parte a la otra vida como un auténtico faraón; porque lo que la reina hacía, lo hacía en su grado máximo, si amaba, amaba por completo, si odiaba, era a muerte, y si lloraba por alguien, lo hacía con el corazón. (Plutarco)

Tras sepultar a Antonio (según la tradición egipcia), Cleopatra decide morir. Las heridas que se hizo en el pecho ante el cuerpo moribundo, se habían infectado. La fiebre y la privación voluntara de alimentos la estaban consumiendo. Octavio la amenazó con la muerte de sus hijos si persistía en su actitud. No podía consentir que la reina muriera, tenía que desfilar en su triunfo. Cleopatra cedió y volvió a alimentarse. Sin embargo, Octavio quiso asegurarse personalmente y la visitó. Dión Casio acusó a la reina de que intentó seducirlo; por el contrario, Plutarco, nos narra el estado lastimoso en que se encontraba y cómo consiguió hacerle creer que deseaba vivir recurriendo a la piedad:

Daba esto gran placer a Octavio, por creer que Cleopatra VII deseaba vivir; diciéndole que sería tratada en todo decorosamente, más de cuanto ella pudiera esperar, se retiró contento, pensando ser el engañador, cuando realmente era el engañado. (Plutarco)

Por Proculeyo se enteró Cleopatra que marcharía, junto con sus hijos gemelos, hacia Roma dentro de tres días. Consiguió entonces de Octavio que le permitiera celebrar las exequias de Antonio. Plutarco recogió a través de Olimpo, médico de la reina, las palabras de la reina ante el sepulcro de Antonio:

“Amado Antonio, te sepulté poco ha con manos libres, pero ahora te hago estas libaciones siendo sierva, y observada con guardias romanos para que no lastime con lloros y lamentos este cuerpo esclavo, que quieren reservar para el triunfo que contra ti ha de celebrarse. No esperes ya otros honores que estas exequias, a lo menos de Cleopatra VII. Vivos, nada hubo que nos separara, pero en la muerte, parece que quieren que cambiemos de lugares; tu, romano, quedando aquí en Egipto sepultado, y yo, infeliz de mí, en Italia, participando sola en estos festejos de tu patria; pero si es alguno el poder de los dioses de ella, ya que los de aquí nos han abandonado y traicionado, no abandones viva a tu mujer, ni mires con indiferencia que triunfen de ti en esta miserable, sino antes ocúltame y sepúltame aquí contigo, pues que con verme agobiada de millares males, ninguno es para mí tan grande y tan terrible como este corto tiempo en que he vivido sin ti”.

Luego se hizo bañar, maquillar y vestir como “Reina de Reyes” por sus dos fieles servidoras, Iras y Carmión. A continuación envió una carta a Octavio en la que pedía que su cuerpo fuese sepultado junto al de Antonio. Cuando Octavio abrió la carta, sospechó que la reina iba a quitarse la vida. Rápidamente, envió emisarios para evitarlo, pero ya era demasiado tarde. Los esbirros abrieron las puertas del mausoleo y…

Vieron ya a Cleopatra VII muerta en un lecho de oro, regiamente adornada. De las dos siervas, la que se llamaba Iras, estaba muerta a sus pies, y Carmión, ya vacilante y torpe, le estaba poniendo bien la diadema que tenía en la cabeza. Díjole uno con enfado: “¡Bellamente, Carmión!”, y ella respondió: “Bellísimamente, como correspondía a quien era de tantos nobles reyes descendientes”, y sin hablar más palabras, cayó también muerta junto al lecho de su reina. (Plutarco)

Encontraron dos tenues punzadas en pecho de Cleopatra, lo que hizo pensar que se había dejado morder por un áspid (la serpiente de Egipto). Alguien dijo que un campesino había traído una cesta llena de higos en la que se ocultaba el reptil. Octavio se resistía a perder la presa que reservaba para su triunfo y según Suetonio hizo que algunos psilos (hombres de los que se creía que su cuerpo era un antídoto contra el veneno de las serpientes) chupasen el veneno de la herida, pero ya era tarde.

Cleopatra VII murió el 12 de agosto del año 30 a. de C., a los treinta y nueve años de edad. Había escogido el único camino digno que le quedaba: la muerte. No quiso sufrir el destino de su hermana Arsínoe IV, quien antes desfiló en el triunfo de Julio César. Se dice que Octavio, a pesar de su cólera, no pudo menos que admirar su grandeza de alma y ordenó que su cuerpo fuera enterrado junto al de Antonio. Pero si Julio César tuvo la grandeza de levantar las estatuas derribadas de Pompeyo, Antonio no tuvo la suerte de éste. Sus estatuas fueron derribadas para siempre. Se dice que Octavio dejó intactas las de Cleopatra, a cambio de mil talentos, una fuerte suma de dinero que entregó Arquibio, un fiel amigo de la reina, pero lo cierto es que es dudoso que el vencedor cumpliera toda su palabra, ya se conservan muy pocas estatuas de ella. Ptolomeo XV Cesarión (único rey de Egipto tras la muerte de su madre) fue ejecutado, porque Octavio no podía permitir que existiera otro heredero de Julio César. Los otros hijos de Cleopatra VII y el hijo menor de Antonio y Fulvia (Iulo) fueron enviados a Roma, donde Octavia los acogió durante un tiempo, con tan poca eficacia como antes cuidara los intereses de Antonio. Únicamente sobrevivieron Cleopatra Selene a quien casaron con el rey Juba II de Mauretania y con el que tuvo al futuro Ptolomeo de Marruecos (asesinado después por el emperador Calígula), e Iulo al que Octavio-Augusto casó con su sobrina Marcela, hizo pretor y cónsul, pero después le condenó a muerte por ser cómplice en las fiestas orgiásticas de su hija Julia y aspirar al imperio.

marcela

Con la muerte de la reina, murió su mundo helenístico, su sueño… Egipto nunca recuperó su pasado glorioso, sino que pasó a ser una provincia del Imperio Romano, y éste, a pesar de su fugitivo esplendor, sería pronto asolado por todas las monstruosidades que imputaron a la reina: A Octavio-Augusto le dominaba su esposa Livia, de quien el historiador Tácito, sospechó que se deshizo de sus inmediatos herederos, para asegurar la sucesión de su hijo Tiberio. La tragedia más grave que ocurrió durante su reinado, fue la completa aniquilación de las legiones de Varo en Germania, desastre aun mayor que el de Antonio en Partia; su puritanismo y rigidez le obligaron a desterrar a su hija Julia, a la que privó de ser enterrada en la mausoleo familiar. El pecado de Julia fue una vida tan lujuriosa, que convertía las calumnias sobre Cleopatra en chismes inofensivos. Las más virulentas acusaciones sobre las orgías lúbricas de Antonio y Cleopatra no tuvieron la fuerza imaginativa suficiente para evocar las depravaciones sexuales de su sucesor, Tiberio. Calígula (sucesor de Tiberio) cedió ante el incesto y, si bien Octavio-Augusto se jactó de que se postraba ante los dioses, pero no ante los animales-dioses egipcios, Calígula no tuvo ningún empacho en convertir en senador a su caballo Incitato. Claudio (sucesor de Calígula) tuvo por esposa a Mesalina, quien se reveló como la mejor prostituta de toda Roma, y Nerón (sucesor de Claudio) asesinó a su madre, se casó con un eunuco y quemó Roma; con él se pone fin a la dinastía Julia-Claudia, después vendrían años de inestabilidad política y social hasta la instauración de las efímeras dinastías Flavia, Antonina y Severa, llegando a su final definitivo en el 476 d. C., cuando el último emperador Rómulo Augústulo fue depuesto.


Bibliografía detallada por el autor:

Enciclopedia Universal Clásica

Enciclopedia Encarta

Historia de las Civilizaciones

La Historia y sus Protagonistas

Historia del Arte

Atlas Histórico

El Mundo de los Romanos

Egiptomanía


Autor:

Emily Ayuso Cantero

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2 pensamientos en “Cleopatra VII Filópator Nea Thea

    • Realmente es un trabajo fantástico por el cual se recorre no solo la vida de Cleopatra, uno de los personajes más relevantes y místicos de la Historia, sino que conocemos la dinastía de los Ptolomeos desde su fundación tras la muerte de Alejandro, hasta el inicio del imperio romano.
      Desde aquí agradecemos de nuevo a su autora el haber compartido estos artículos.

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