Historia de Granada

Conocí a una mujer junto a la casa de Lorca, en los verdes jardines que la rodean; era joven y hermosa, de piel gitana y con unos profundos ojos negros herencia de sus antepasados árabes; la sonrisa era constante en su rostro y su hablar culto y cariñoso a la vez que transmitía la alegría y pasión andaluzas. No era posible dejar de observarla fijamente, poseía un aura que te hechizaba, solo con un gesto de sus manos estaría obligado a seguirla, al igual que eran arrastrados los marineros por las sirenas…

Vivo con la duda de si realmente conocí a esa mujer o de si mi mente es quien la creó, pero sé con certeza que al recordarla, pasen semanas o años, me invadirá la sensación que únicamente inspira ese amor efímero de verano, aunque no sepa decir de qué o de quien me enamoré.

Nunca sabré su nombre, pero he decidido llamarla como a la ciudad que reencarna, Granada.


Historia de Granada

En el año 711 los musulmanes invaden la Península ibérica derrotando a los visigodos y conquistando casi todo el suelo peninsular. A este territorio lo llamaron Al-Ándalus y dependía directamente de Damasco, su capital era Córdoba y sus gobernantes recibieron el título de visir. Este territorio se dividía en una especie de provincias, llamadas “Cora”.

Los datos sobre los primeros asentamientos en Granada son confusos, encontrándose restos de asentamientos pre-romanos de poca importancia; en cualquier caso, la ciudad importante en el período del 712 al 1012, fue “Madinat Ilbira” diez kilómetros al oeste de Granada. Ésta ciudad se convirtió en la capital de la Cora de Elvira y una de las ciudades más importantes de Al-Ándalus.

Con la desaparición del califato de Córdoba, se fueron creando varios reinos en Al-Ándalus, conocidos como “Taifas”.

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Al principio del siglo XI, Zawi ben Ziri se hace con el poder en la Cora de Elvira. Al no ser una época tranquila,  se buscó un lugar más fácil para la defensa, trasladando la capital a la zona del actual Albaicín y fundando en el año 1013 la ciudad “Medinat Garnata”.

La situación en la península era complicada para los musulmanes, los cristianos avanzaban en la conquista de territorios, por ello acuden los musulmanes a los pueblos norteafricanos, primero los almorávides y luego los almohades, para detener el avance cristiano.

Al final del siglo XI, los pueblos norteafricanos se hacen con el poder, destronando al último rey Zirí.

En la última etapa de época musulmana en Granada, se funda el reino nazarí en el año 1238 por Muhammed I, quien traslada su corte a la colina enfrente del Albaicín, comenzando la construcción de la actual Alhambra.

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A finales del año 1491, se firman las capitulaciones de Granada entre los Reyes Católicos y Boabdil, en las cuales el rey musulmán renuncia a su soberanía y, finalmente, el dos de enero de 1492, se produce la entrega de las llaves de la ciudad, suponiendo este hecho el fin oficial de la Reconquista y comenzando la cristianización del reino.

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La leyenda dice que cuando iban camino de las Alpujarras, lugar de exilio de los últimos musulmanes de la panínsula, Boabdil volvió la vista atrás llorando para contemplar Granada por última vez y su madre Aixa le dijo:

“No llores como una mujer, lo que no supiste defender como un hombre”

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Agustina de Aragón

Agustina de Aragón Dalmau“Agustina de Aragón”, por Augusto Ferrer-Dalmau (2012)

“Sin duda, las mujeres españolas son las más bellas del mundo. La mujer española es sólida, la mujer española se echa el país a sus espaldas”

Richard Nathaniel Wright


El escritor afroamericano Richard Wright no era un ferviente admirador de la cultura española, aun así, no pudo si no elogiar a las mujeres que siempre han sostenido desde un plano secundario, y a la vez fundamental, a este país.

Sin detrimento a las mujeres de otras nacionalidades, no deja de ser cierto que la mujer española es especialmente fuerte, quizás este valor venga de los siglos y siglos de historia convulsa de esta tierra, en la que ellas debían cargar con el peso de unas familias con padres ausentes por las guerras, trabajando y sacando adelante a sus hijos, no pudieron si no curtirse y acumular una fuerza y valor, que pasaron a ser rasgo hereditario de nuestras mujeres.

Pero cada cierto tiempo, en el mundo en el que el hombre parecía tener el monopolio de las gestas heróicas, surgía una mujer que destacaba especialmente como portavoz de todas sus hermanas. Este es el caso de Agustina de Aragón, ejemplo de los valores y fuerza de estas mujeres, estandarte de la lucha contra los invasores y defensa de la tierra que la vio crecer, así como de todos los héroes anónimos cuyos nombres suelen perderse en la Historia.


Nacía en el año 1786, en el barrio barcelonés de La Ribera, Agustina Raimunda Maria Saragossa i Domènech, más conocida por su leyenda como “Agustina de Aragón” o “La artillera”.

Pasó toda su infancia en la ciudad de Barcelona, contrayendo matrimonio, a los 17 años de edad, con el cabo de artillería Joan Roca i Vilaseca, un activo luchador en La Guerra de la Independencia Española y veterano de la batalla del Brunch.

Los acontecimientos de la guerra contra los franceses, llevaron a la pareja ha residir en la ciudad de Zaragoza, plaza en la que Agustina realizó la gesta que forjó su leyenda como “La Artillera”, en un tiempo en el cual España estaba tan necesitada de héroes:

Zaragoza resistía desde hacía días el asedio de las tropas napoleónicas, hasta que el día dos de julio, realizaron los franceses un grán asalto en la zona del Portillo, donde la batería de cañones allí dispuesta, había ido perdiendo a todos sus defensores, muertos o heridos. Es entonces cuando nuestra heroína hace su aparición. Agustina, como muchas mujeres, se encargaba de suministrar comida a los hombres que defendían la ciudad, pero al llegar a su destino y ver tal desastre, tomó la mecha de las manos de un soldado moribundo y prendió uno de los cañones, disparándolo contra los invasores y provocando su retirada, permitiendo así que las tropas españolas tuviesen el tiempo necesario para mandar refuerzos y continuar con la defensa de la ciudad.

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Tras esta gesta, el general Palafox admitió a Agustina en el cuerpo de artilleros, donde llegaría al grado de subteniente, continuando activamente en la defensa de Zaragoza hasta su caída el 21 de febrero de 1809. Fue tomada como prisionera por los franceses durante un breve periodo de tiempo hasta que fue liberada en un intercambio de rehenes.

Para entonces, la gesta de Agustina ya era conocida por todo el reino, y esta trabajó incansable en lo que quedaba de guerra, recorriendo la península para animar a los ejercitos españoles.

Finalizada la guerra, fue reconocida como heroina por el rey Fernando VII y se la asignó una pensión por los servicios prestados.

Finalmente, y tras varios matrimonios, falleció en la ciudad de Ceuta a la edad de 71 años y fue enterrada en el cementerio de Santa Catalina. En 1870 sus restos fueron llevados a Zaragoza, reposando primero en el Pilar y en 1908, pasaron a la capilla de la iglesia de Nuestra Señora del Portillo.