Apolo y Dafne

La mitología, especialmente la natural de la antigua Grecia, tiene algo que nos cautiva desde el principio de los tiempos. En mi opinión, es su romanticismo, pero no el de las propias historias, si no el de las manos de quienes las escribieron, envidiamos a esos primeros hombres, enamorados del mundo que comenzaban a descubrir y ansiosos de conocimiento.

En esos primeros tiempos de creación, no existía una linea que separase fantasía y realidad, mito y religión estaban íntimamente unidas, era necesario explicar y contestar las nuevas preguntas que se hacía el hombre, pero los griegos, no decidieron hacerlo de una manera matemática, sino poética.

Por todo esto, considero que tiene ese valor universal que nos encoge el corazón. Ya pasó el tiempo en el que teníamos tantas preguntas sin contestar, al vivir en la edad de la información, puede que hayamos perdido parte de esa pasión por el descubrimiento, o al menos, esa efusividad, pero al leer de nuevo estos antiguos mitos, podemos ver  a través de esos primeros hombres enamorados del mundo que les rodeaba y ansiosos por descubrir cada uno de sus misterios.

He seleccionado el mito de Apolo y Dafne como el primero de año ya que considero que engloba todas estas primeras pasiones. Representa todo este amor y romanticismo antiguo, es una historia que trata de explicar la realidad de la época como es la creencia en dioses y oráculos, está íntimamente relaccionada con la naturaleza que les rodéa (el Sol, la serpiente y el olivo) y también trata sobre las pasiones, tragedias y sufrimientos del hombre.


 

En la mitología griega, la poderosa serpiente Pitón era hija de Gea, diosa de la tierra, nacida de los restos del diluvio y vivía en una caverna a los pies del monte Parnaso, desde donde custodiaba al oráculo de Delfos.

Apolo, dios que conduce el carro del Sol y grán cazador, reclamaba para sí este sagrado lugar, así que entabló combate con Pitón; estando ya moribunda, la serpiente se arrastró hasta el templo del oráculo en Delfos, donde finalmennte el divino Apolo acabó con su vida disparándole varias de sus potentes saetas.

Apolo y Pitón.

Apolo y Pitón. Pedro Muiño. 1988.

Delfos era el lugar en el cual los oráculos se pronunciaban, uno de los lugares más sagrados de toda Grecia, al que los própios dioses acudían en busca de consejo. El hecho de que el sagrado suelo fuese profanado por el asesinato de Pitón, irritó profundamente a los dioses, expulsando durante nueve años a Apolo del Olimpo como castigo.

Apolo, orgulloso de su victoria, no aceptó devolver Delfos y fundó unos juegos panhelénicos que conmemorasen la derrota de la serpiente, los juegos Píticos.

Apolo, pecando de sobervia tras la gloria obtenida a causa de la derrota de Pitón y de ganar el patronazgo de Delfos, se burló Eros, dios primordial responsable del amor y la atracción sexual, al cual conocemos más comunmente por su equivalente romano, Cupido.

Eros. Elantiguomundo.com

Enervado, el pequeño y joven dios del amor, decidió vengar la ofensa través de sus mágicas flechas, disparando una con punta de oro a Apolo, haciendo que se enamorase locamente de Dafne, ninfa de los bosques e hija del rio Ladón y de Gea; y a la hermosa dríade, le disparó una con punta de plomo, produciendo en ella un odio intenso hacia Apolo.

Dafne, agotada tras huir incesantemente de las ternuras de Apolo y a punto de ser alcanzada por el dios, suplicó a su padre que la transformase en laurel y así lo describe Ovidio:

“Apenas había concluido la súplica, cuando todos los miembros se le entorpecen: sus entrañas se cubren de una tierna corteza, los cabellos se convierten en hojas, los brazos en ramas, los pies, que eran antes tan ligeros, se transforman en retorcidas raíces, ocupa finalmente el rostro la altura y sólo queda en ella la belleza”.

Apolo y Dafne, Bernini, Roma, Borghese, Elantiguomundo.com

Apolo, desolado, abraza el tronco del árbol el cual parece que aún tiene un corazón que palpita en su interior.

Tras asimilar que ya nunca podría ser su esposa, decidió consagrar ese árbol a su ser. Sus ramas se convertirían el el símbolo de victoria por el que suspirarían todos los hombres, guerreos, artistas y poetas.


Bibliografía:

HUMBERT, Juan. (2000): Mitología griega y romana. Ed. Gustavo Gili. España, Barcelona.

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Terpsícore “La que deleita en la danza”

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Terpsícore, la musa inspiradora de la danza, el baile y de los coros de bailarines.

Representada con un aire jovial, esbelta y de gráciles movimientos, coronada con guirnaldas de flores y tocando una lira.

En sus inicios, antes de consolidarse la tradición de las nueve musas, Terpsícore era considerada una ninfa ligada a la naturaleza. También, en algunas versiones, se le atribuye la maternidad de las sirenas, al igual que a otras de sus hermanas.

Talía “La festiva”

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Talía es una de las dos musas del teatro (Melpóneme inspira la tragedia), inspiradora de la comedia. Se la representa como una deidad de carácter campestre, y portando una careta al igual que su hermana.

Tiene aspecto vivaracho y la mirada burlona; pies calzados con sandalias y circundaba su cabeza una corona de hiedra, planta que se mantiene siempre verde, emblema de la inmortalidad a la que aspiran los poetas.

Polimnia “La de muchos himnos”

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Polimnia es la musa inspiradora del canto sagrado y la retórica, aunque ocasionalmente se la consideraba la musa de la Historia, la danza, geometría e inventora de la agricultura.

Se la representaba vestida de blanco por completo y con un velo que la ocultaba el rostro, muestra de su carácter sagrado, en actitud pensativa y sosteniendo unas cadenas como símbolo del poder que ejerce sobre la elocuencia.

Sirenas griegas

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En la mitología griega, la primera mención sobre las sirenas (en La Odisea de Homero), se refiere a ellas como a seres con cuerpo de pájaro y rostro o torso de mujer, una especie de hadas musicales.

Siempre se las ha relacionado de algún modo con el otro mundo, ritos funerarios o incluso como las primeras portadoras de las almas de los difuntos al Hades.

Consideradas hijas de la musa Calíope y más habitualmente de la musa de la tragedia, Melpómene. Habitaban en Sicilia, en una isla vecina al cabo Pelore. Por más que fuesen ninfas del agua, tenían alas y el rostro de una hermosa doncella. Su número original se desconoce, en ocasiones se las trata como a ocho, cinco o como una tríada.

Su presencia era anunciada por un un murmullo armonioso: su canto mágico. Sus voces llegaban al corazón de los marineros que, para oírlas mejor, adelantaban el cuerpo acercándose a la superficie del agua en la que se sumergían para no regresar jamás. Pero estaba decretado que cuando un hombre pudiese pasar junto a las Sirenas sin sucumbir a su canto, estas hijas del agua perecerían. El héroe Ulises provocó la llegada del día fatal. Todos los hombres que formaban la tripulación de su barco se taparon las orejas con cera y Ulises fue atado al palo mayor del barco, con los oídos libres. De esta manera atravesó el navío el melodioso paraje sin que sobreviniese accidente alguno.

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Parténope, que era una de las Sirenas y que había sucumbido en el mar tras el triunfo de Ulises, fue arrojada por las olas a las playas de la costa italiana y enterrada con honores. A su sepulcro sucedió más tarde un templo, y al templo un pueblo, el cual gracias a circunstancias favorables se transformó en una importante ciudad y capital de toda la comarca. Esta ciudad es la famosa Nápoles, llamada antiguamente Parténope.

Melpómene “La melodiosa”

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Melpómene es considerada la musa de la Tragedia, el género teatral por excelencia en la Grecia clásica. Aparece ricamente vestida, con porte altivo y una mirada severa; con una mano empuña un cetro o una máscara trágica, y en ocasiones, coronas de brotes de vid o un puñal ensangrentado. A veces se apoya sobre una maza como representación de la dificultad de este género y la necesidad de una imaginación e inteligencia inusitadas.

Frecuentemente se trata a esta musa como la madre de las míticas sirenas, hijas del más poderoso de los dioses-río de Grecia, AquelooAqueloo, o de Forcis, el padre de las Hespérides, de las Grayas y de las gorgonas entre otros.

Se retrata a Melpómene como una joven hermosa con todas las riquezas y hombres que desease, pero aún con estos dones, era eternamente infeliz.